17 de junio de 2014

Fabricando espadas samurai

"Una de las más antiguas máximas del bushido dice que la espada es el alma del samurai. Símbolo de fortaleza, lealtad y coraje, el sable es el arma favorita del samurai. Pero el sable, en la tradición japonesa, es algo más que un instrumento terrible, algo más que un símbolo filosófico. Es un arma mágica. Arma que puede ser benéfica o maléfica, según la personalidad del forjador y del propietario.

El sable es la prolongación de los que lo manipulan, se impregna misteriosamente de las vibraciones que emanan. Los antiguos japoneses, inspirados por la antigua religión Shinto, concebían la fabricación del sable como un trabajo de alquimia en el que la armonía interior del forjador era más importante que sus capacidades técnicas. Antes de forjar una hoja, el maestro armero pasaba varios días meditando y después se purificaba practicando abluciones de agua fría. Una vez vestido con hábitos blancos ponía manos a la obra, en las mejores condiciones interiores para crear un arma de calidad.

Masamune y Murasama eran dos hábiles armeros que vivieron a comienzos del siglo XIV. Los dos fabricaban unos sables de gran calidad. Murasama, de carácter violento, era un personaje taciturno e inquieto. Tenía la siniestra reputación de fabricar hojas temibles que empujaban a sus propietarios a entablar combates sangrientos o que, a veces, herían a los que manipulaban. Sus armas sedientas de sangre rápidamente tomaron fama de maléficas. Por el contrario Masamune era un forjador de una gran serenidad que practicaba el ritual de la purificación para forjar sus hojas. Aun hoy día son consideradas como las mejores del país.

Un hombre que quería averiguar la diferencia de calidad que existía entre ambas formas de fabricación, introdujo un sable de Murasama en la corriente del agua. Cada hoja que llevaba la corriente y que tocaba la hoja del sable fue cortada en dos. A continuación introdujo un sable fabricado por Masamune. Las hojas evitaban el sable. Ninguna de ellas fue cortada y se deslizan intactas  bordeando el filo como si el sable no quisiera hacerles daño.

El hombre dio entonces su veredicto; La murasama es terrible, la Masamune es humana."

Con este magnifico texto nos cuenta el escritor Raúl de la Rosa una de fábulas más entrañables de la literatura japonesa, y a la vez nos transmite a la perfección la importancia de que gozaban los fabricantes de espadas en la cultura japonesa. Digo gozaban por que en la actualidad existen muy, muy pocos maestros que forjen espadas al modo tradicional, dado el complicadisimo proceso que hay que llevar a cabo y que puede durar unos seis meses como mínimo.

Lo primero es conseguir un mineral de hierro de alta pureza que se llama tamahagane y que solo se puede obtener filtrando arena del río manualmente. Después el maestro debe retirarse ha realizar los rezos y ejercicios espirituales oportunos para purificarse antes de comenzar el proceso. Ahora es cuando comienza la parte más dura, pues tras fundir el metal en un horno de barro y carbón hecho a mano y que alcanza más de 5000 grados, el maestro debe pasarse varios días seguidos trabajando el acero, sin dormir y sin comer, golpeando rítmicamente el hierro candente sin pausa. Tras lo anterior, puede tomarse un descanso y comenzar con el proceso de composición de la espada, proceso que puede tardar varias semanas, pues el acero debe alcanzar un grosor milimétrico y ser lo suficientemente flexible y resistente para que ni se rompa ni se doble. Una vez alcanzado el momento oportuno se sumergirá en el agua fría, lo que conferirá a la espada su característico filo curvo. Es muy importante que el maestro y todos aquellos que trabajen con él, pongan todas sus buenas intenciones y su espíritu en la forja, ya que la concentración debe ser máxima para culminar un proceso que los japoneses han tardado tres milenios en perfeccionar.

Por último se afila la hoja y se coloca una empuñadura, labor para la que a su vez existen diferentes maestros especializados distintos al forjador. Como curiosidad, hay que decir que existe también otro maestro que se llama el probador,que es , valga la redundancia, quien prueba la hoja. En la era Edo, los samurais solían probar sus espadas matando a algún vagabundo o a cualquier desaprensivo con quien se cruzasen.

Este arte fue perdiendo impulso tras la era Meiji y el fin del Bakufu Tokugawa, tanto que durante la segunda guerra mundial, la mayor parte de espadas que utilizaban los oficiales japoneses eran espadas industriales de una calidad bastante mala. Por eso el Gobierno japonés declaró que todas las espadas fabricadas antes de 1910 son patrimonio cultural del pueblo japonés y que no se puede comercializar con ellas o sacarlas del país. Todo reconocimiento es poco para la que cualquier experto del mundo define como la mejor y más hermosa arma de la historia.

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